19.10.05

La muerte de un niño de la Guerra


Paz, piedad, perdón.
(Manuel Azaña)

Se diría que es difícil en tiempos de paz y conviviendo en una democracia poder comprender otros tiempos de odios perpetuos, tiempos de desear la muerte de tus semejantes y tus compatriotas, vecinos, incluso hermanos, tiempos de horribles matanzas cometidas con gozo. Hoy día puede costar comprender cómo se puede llevar a cabo una limpieza étnica, cómo el ojo por ojo pueda ser la única motivación en la vida, cómo una vida sea malgastada al ser invadida para siempre por el odio (“procura no emplear el tesoro de tu vida en odiar ni en temer”, decía Stendhal), el odio al que piense como piensan los del otro bando. Por eso mismo sorprende el valor de los blogs como nuevo medio de comunicación, pues consigue rescatar experiencias en el olvido (en este caso experiencia, tan antigua como el hombre, la experiencia de una Guerra Civil): aquí dejo unas direcciones para asomarse al abismo del horror.

AVISO: los vínculos de internet siguientes pueden llevar a la sensibilidad del lector desde el llanto al vómito.

Ver los conentarios a esta entrada y este blog u este otro

El personaje que ha muerto (pues procuraremos no hablar aquí de una persona a la que no conocíamos, y respetaremos siempre el dolor por la muerte de cualquiera) pasó sus últimos años sin que casi nadie se diese cuenta de que su existencia entre nosotros era una oportunidad de viaje en el tiempo, a aquél tiempo del Gran Odio entre españoles, y que ese viaje a tiempos violentos que nos facilitaba Haro Tecglen debería haber servido para poder analizar nuestra política actual y para neutralizar todas las pervivencias de guerracivilismo.

Quiso hasta el fín seguir encarnando a un “niño republicano”, y su voluntad fue permanecer en una infancia no inocente, sino cruel y despiadada, el odio infantil de una guerra fraticida. Toda una vida como un niño obstinado, escribiendo unos artículos impermeables al extintor de odios que trajo la Transición, y que eran recibidos con alborozo por todos los niños de la guerra que quedaban (aquellos que no querían ser mayores: comprender, llorar por todos, llegar a algún tipo de perdón), tanto de su bando como del contrario: se ve que era leído con avidez por los dos bandos. Lo dejan claro partidarios y detractores, al expresar que tanto amigos como enemigos le leían como consuelo y reafirmación de una vida equivocadamente entregada al odio: unos, los republicanos enquistados, que patéticamente se reafirmaban en “su lucha”, y también quienes al leerle reafirmaban un antiizquierdismo irracional y estaban esperando su muerte para expresar a los deudos su refocile y cumplir con la venganza (que quedaba pendiente por el agravio que cometió en la muerte de Antonio Herrero: ver las increíbles respuestas a la entrada que escribió su mujer en su blog, cuando estaba agonizando). Otro anciano recientemente muerto con las botas puestas, y también representante de aquella época, le llamó “el inhóspito”; claro que los del bando ganador lo tuvieron todo más fácil.

Tan peculiar personaje tenía una insobornable y brillante capacidad crítica para el teatro; quizá por conocer tan bien el odio no le importaba que la gente del teatro le llegase a odiar cuando recibían las justas puyas de sus críticas. Todos habrán de reconocer también su talento para la columna periodística, pues pese a lo desfasado de persistir sus planteamientos de “momia” que no parecía entender que España había avanzado en la reconciliación, muchos comenzábamos la lectura del País por su columna. Podía haber pasado los últimos añ0s como un abuelete resentido que recuerda batallitas, pero su talento consiguió lo que parecia desear: que le siguiesen odiando hasta su muerte, y después de ella. También es una forma de buscar la inmortalidad.

8 Comments:

Anonymous Anónimo said...

los carroñeros aullan!!!

9:42 p. m.  
Blogger Vagabundo said...

Castilla del Pino hace una estupenda semblanza de su amigo Tecglen, en la que como psiquiatra da alguna clave para explicar su visión inmovilista de la política española, lo que yo llamo pervivencia de odio guerracivilista. La voluntad de seguir siendo niño.

http://www.elpais.es/articulo/elpepicul/20051020elpepicul_3/Tes/

12:55 p. m.  
Anonymous paredes said...

Hay personas que últimamente usan mucho la palabra guerracivilismo.Normalmente son personas que están de acuerdo que se reconozca a los muertos de un bando, y se ignore a los del otro.
También hay bastantes descendientes de asesinos, que no quieren que se sepa la historia real.
Mientras tanto , corren a comprar los libros de mentiras de pio y de cesar vidal.

9:08 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Uff... Mala interpretación de Haro haces si lo tachas de odiador. Si ser un niño obstinado significa destapar y apuntar con el dedo lo que nos da verguenza mirar, lo que se debe mejorar o erradicar, entonces yo también soy una niña obstinada y odiadora. Pero no es verdad. Nada más lejos. Hablas de una España que avanza hacia la reconciliación, ¿entre qué partes? ¿En qué país vives? Desde luego, en este, no. ¿Olvidar, engullir la papilla y pudrirse? ¿O VIVIR, siendo crítico y recordando, sí, pero también disfrutando de las cosas pequeñas? Y sonreír, como lo hacía Eduardo Haro Tecglen, con la serenidad que da una conciencia recién planchada. Era un hombre necesario en este país de ciegos.
Caperucitaconbotas.

1:27 p. m.  
Blogger Vagabundo said...

Para paredes: Estoy de acuerdo en una definición como la tuya, el guerracivilismo trata de ideas y comportamientos de quiénes "están de acuerdo que se reconozca a los muertos de un bando, y se ignore a los del otro". Pero no soy yo quien acepte el guerracivilismo simplemente por haber dicho la tal palabra.

Puedes o no creerlo, pero mi deseo de concordia entre los españoles es sincero. También puedo tranquilizarte: no soy descendiente de ningún asesino.

Caperucita: Creo sinceramente que el finado estaría bastante de acuerdo conmigo, me parece que la función de odiar y el personaje de odiador lo definió él mismo perfecta y conscientemente (ver también artículo de Castilla del Pino).

Respecto al país en el que creo vivir: es uno en el que no veo trincheras en las calles; aunque alguna sí se ve en internet, creo que hemos cambiado mucho y para bien.

Pero coincido con Vd en que es necesario el sentido crítico y que la memoria es fundamental: pero no para persistir cual niño "obstinado" en el error, sino para lo contrario de lo que parece pretender Vd.

Nada fácil lo que digo; superar el horror de los grandes odios lleva generaciones, pero para "disfrutar" y para tener "serenidad" hay que seguir haciendo en la vida de cada uno camino hacia esa meta y no a otra.

6:27 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Caperucitaconbotas:
Sigo pensando que EHT no era un tipo como muchos os empeñais en pintarlo. Por supuesto que tenía su carga de odio, pero ¿no te parece que le sobraban motivos, que a todos nos sobran motivos? ¿Te has parado por un momento a pensar cuál era el fin último de ese "odio" (al que yo prefiero llamar conciencia social)?
Es mucho más fácil y muchísimo más demagógico quedarse con una parte del todo y de esta manera ocultar el resto. Odio odiar, pero me rebientan estas visiones acomodaticias del tipo "como a mi no me pasa directamente...no me puedo quejar". Es que acaso no hay relación entre todas las guerras (y demás políticas bárbaras, de las que un este país, a menudo, ha seguido y sigue formando parte). Quizás deberías seguir leyendo a Haro Tecglen... Qué fácil.

12:24 a. m.  
Blogger Vagabundo said...

Dices: "Quizás deberías seguir leyendo a Haro Tecglen..." Recomendación que acepto, ya pensaba seguir siendo lector suyo.

Yo digo: Quizá deberías volver a leer mi entrada. Parece que te has quedado con poco de lo que digo. Y desde luego, no pretendo estar en la misma línea que la de los detractores furibundos.

1:45 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Veo que se puede hablar contigo. He releído tu entrada y suscribo la cita de Stendhal, pero insisto en que no se trataba de eso. No se trataba de un odio paranoico y sistemático. Creo que más bien intentaba lo contrario, recordando los errores pasados para que no se vuelvan a cometer, lanzando puyazos para despertarnos. No digo que fuera la mejor manera, pero era eficaz. Y a mí, por lo menos, me enseñaba a ser menos cobarde y a luchar (a mi pequeña manera) contra las constantes injusticias. Cuando acababa de leer su columna no era el odio el sentimiento que prevalecía en mí, sino las ganas de seguir luchando por un mundo mejor (manido, peero cierto). No confundir, por favor. Un saludo.
Caperucitaconbotas.

2:27 p. m.  

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