30.12.06

El accidente y la mirada de Bambi


La comparecencia del Presidente esta tarde, siempre con la mirada huidiza, sin responder a ninguna de las pocas preguntas que ha permitido, repitiendo una aburrida letanía de tópicos que no contestan a las inquietudes de los ciudadanos, ha sido el punto de inflexión de una Presidencia y de una biografía. Se acabó la famosa mirada de Bambi, quizá empiece hoy la madurez. Pero, sobre todo, esta fecha marca el fin de la confianza en un político por parte de los pocos que aún se la otorgaban. Algunos términos para un nuevo diccionario de lugares comunes:



Accidente: palabra sinónimo de víctimas, pero desactivada su espoleta moral, la consideración hacia ellas ni siquiera llega a la que se tiene por los muertos en catástrofes climáticas.

Batasuna: averiado el regreso a las instituciones de los hombres de paz.

"Estar mejor que el año pasado": tragar saliva, mirarse los zapatos, no responder.

Jueces y fiscales: Estupor. De nuevo cada uno con su conciencia.

Rubalcaba: esto no se hace, coño.

27.12.06

Encarnizamiento informativo


Sabemos que los blogs son vomitorios de opiniones. Quien se acerque a ellos con ortodoxos propósitos periodísticos y con voluntad de encontrar hechos noticiables de veracidad contrastada habrá de extremar todas las precauciones deontológicas. En el anterior post, este Vagabundo con afición opinadora realizaba interpretaciones de hechos conocidos, emitía algunos juicios, planteó hipótesis acerca de aspectos ocultos del tema tratado y aventuraba algunas predicciones. Además, por supuesto, revelaba algunas noticias. Son estas últimas las que parecen haber causado revuelo entre tanto receptor como hay sediento de noticias sobre la enfermedad de Castro, pues el secreto que suelen decretar las dictaduras acerca de la salud del tirano no hace sino aumentar el ansia por conocer lo que se oculta.

No es sorprendente que la imperiosa sed de noticias de los hombres libres induzca a percibir algunos espejismos con los que desearían ser saciados, y que pueden llegar a estar detallados de la forma más perfecta. Así, podría pensarse que la historia clínica del dictador emerge desde las tinieblas oficiales y que, aunque no haya dicho el Gobierno Cubano absolutamente nada al respecto, circulan noticias que descubre minuciosamente los avatares de su enfermedad. El origen de dichas noticias apócrifas suele ser muy variopinto.

Mi post con fecha de 25 de diciembre se ha reproducido y ha circulado en distintos vehículos de internet, no por sus cualidad de artículo de opinión, sino por los hechos de los que informaba y que eran novedad. A saber: que el Doctor García Sabrido es gente muy significada con la izquierda y que es ya tradición en su Hospital (y que fue también el mío) que la política manche a la actividad médica. Quiero destacar que esos dos son hechos, de cuya veracidad respondo, y lo demás opiniones, de cuyo acierto quiero jactarme.

No hemos tenido que esperar mucho. Entre las noticias del día 26 destacan las declaraciones (“consentidas" por Cuba”; es decir, instigadas por ella) de García Sabrido, que ahora ya dejan clara cuál era la finalidad principal de la estruendosa visita médica a domicilio. La operación no era quirúrgica, sino de propaganda. Y el “papelón” que yo decía iba a hacer el cirujano, ha sido de los que causan bochorno ajeno. Por mucha que sea la simpatía de alguna izquierda exquisita por el vetusto Régimen Cubano, o mucho el afán de lograr unos minutos de fama mundial, prestarse a un ridículo tan grande degrada a Sabrido como persona y como profesional: pues no es precisamente un deber hipocrático sustentar la propaganda que pueda hacer perdurar a una tiranía. Las autoridades de la Comunidad Autonómica de Madrid lo han tenido fácil para negar tajantemente que haya ninguna ayuda oficial a Castro, puesto que el médico ha explicado que su relación con Cuba viene de varios años atrás, que su vínculo es personal y que, gracias a ello, ha tenido "el privilegio de tener contacto con científicos y académicos y también con círculos gubernamentales".

Nota: pocos han descubierto en la fotografía que ilustra el anterior post quién es el paciente sobre el que se ensañan los médicos para prolongarle de forma desesperada los días de vida. Se trata de una famosa fotografía de la agonía de ese otro gallego, el General Franco, obtenida por un médico cuya ética era discutible (además) por otros variados motivos, y que resultaba ser la cabeza del equipo que torturó al dictador prolongándole la vida y que era también su yerno y oscuro intrigante de Palacio.

El actual Hospital Gregorio Marañón de Madrid en aquél entonces se denominaba Hospital Generalísimo Franco y estaba previsto que atendiese las crisis de la salud de Franco, aunque quiso el destino que su prolongada agonía sucediese en otro Hospital madrileño, el de la Paz.

25.12.06

Madrid-La Habana: Encarnizamiento terapéutico


Realicé la especialidad en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, el antiguo Provincial -y menos antiguo Generalísimo Franco, como muchos de los pacientes de mayor edad aún le denominan. Los recuerdos de la etapa de residente son para un médico los más duraderos, y tengo entre los míos haber estado integrado en la monumental y caótica mole del mayor hospital de Europa, mastodonte dubitativo y en constante cambio. Por eso me viene ahora a la memoria cómo las políticas internas del Hospital siempre estuvieron vinculadas a obtener el plácet de los políticos “provinciales” (incluso antes de asumirse por las Autonomías las transferencia de la Sanidad, pues el "Provincial" no dependió nunca del INSALUD, sino de la Diputación de Madrid), y que la politización del Centro era de una variante más pragmática que ideológica. El ejercicio de la Medicina allí siempre estuvo amenizado por las pequeñas ambiciones, que eran el origen de una política patatera; en mis últimos años en el Hospital las guerras entre los diferentes Servicios y dentro de los mismos eran libradas siempre con la vista puesta en la Consejería.

García Sabrido, buen cirujano, estaba adscrito a la facción socialista del Hospital, como uno de los pocos leales a muerte a Sabando, último Consejero de Sanidad del PSOE. Creo que es plausible imaginar que haya sido la recomendación de Felipe González, que hacía llamar a Monclóa con frecuencia a los especialistas del Marañón más afines, la más determinante en la elección de Sabrido por parte de la Inteligencia Cubana como cirujano de máxima confianza para una intervención que ya no se prevé que sea mucho más que un embalsamamiento. Nuestro hombre en la Habana tendrá por delante un difícil papelón del que no puede salir más que escaldado. Ninguna decisión médica puede estar basada en la ética médica en medio del akelarre de la nomenklatura cubana, y no parece que al especialista le vaya a ser permitido sugerir un abordaje simplemente paliativo para tan terminal enfermo: no ha sido llevado a Cuba para eso. En esta hora, mucho más útil que su trayectoria de cirujano ha de serle su habilidad para la intriga -en la que tan ducho ha de ser todo jefe de servicio del Marañón- cuando tenga que desenvolverse entre las camarillas del Partido y toda decisión clínica tenga primero que superar el entramado de obstáculos que forman la obediencia castrense, las ambiciones soterradas, los odios intestinos, y el insuperable miedo a un futuro sin Jefe o a un Jefe sin futuro.

12.12.06

Juegos de la edad antigua


UN TEST PARA LA IZQUIERDA
Pinochet y Castro
Por BERNARD-HENRI LÉVY (El Mundo, 12-12-06)

Por fin. Esta vez, Augusto Pinochet se murió de verdad, en su cama, tranquilamente, llevándose a la tumba sus crímenes y el secreto de sus crímenes.Amargura de los supervivientes. Tristeza de los hijos y las hijas de las víctimas, que saben, como Michelle Bachelet, la actual presidenta del país, que el hombre que destrozó sus vidas ya no podrá responder, jamás, de sus atrocidades.

Y derrota, una vez más, de esa justicia internacional que, a pesar de la testarudez de algunos, a pesar del juez Baltasar Garzón, a pesar del juez Juan Guzmán, a pesar de las asociaciones chilenas y extranjeras de defensa de la democracia, ha sido humillada e, incluso, burlada, por una defensa tanto más potente cuanto sabedora de que contaba con poderosos aliados apenas disimulados.

Ay de las condolencias de una Margaret Thatcher, queriendo dejar claro, sin avergonzarse por ello, de que la ayuda de los servicios secretos chilenos durante la guerra de las Malvinas bien valía, para ella y para los suyos, unos cuantos miles de ajusticiados, torturados hasta la muerte y asesinados.

Ay del vociferante silencio de un ex secretario de Estado y Premio Nobel de la Paz, al que todos conocemos y que él mismo sabe -al menos, después de la película de Christopher Hitchens El Proceso de Henry Kissinger, que le sigue por todas partes, como una sombra, como un remordimiento- que pesan sobre él serias sospechas de complicidad con la que será durante mucho tiempo una de las más sangrientas dictaduras de Latinoamérica.

Pinochet impune. Pinochet apagándose así, dulcemente, rodeado de los suyos, en paz, en el día -¡oh símbolo!- internacional de los Derechos Humanos, es una vergüenza para Chile, para el mundo y para todos nosotros.

Y, además, es la mejor noticia del año para todos los Mladic, Karadzic y demás Mengistus [Haile Mariam, dictador de Etiopía], para esos serial killers con galones, nunca realmente amenazados, que pasan sus días apaciblemente. Uno, en un monasterio griego. El otro, en casa de su amigo el [presidente de Zimbabue Robert] Mugabe. Todos alegres y conscientes del mensaje que les transmite la muerte en paz de Pinochet. A los que se escandalizan, como yo, de esta impunidad de un asesino de Estado, les advierto que hay otro dictador que está a punto de sufrir la misma suerte y que, en contra de lo que le pasó a Pinochet, ni siquiera ha sido objeto de un intento de inculpación. Este otro dictador se llama Fidel Castro. Su reino habrá durado no 17, sino 50 años. Un reino que presenta un balance del que lo menos que se puede decir es que, a fin de cuentas, aguanta perfectamente la comparación con el de su rival y gemelo fallecido.

Cien mil prisioneros políticos experimentaron, en un momento u otro, su Gulag versión tropical. Entre 15.000 y 17.000 fusilados (frente a los 3.200 asesinados y 28.000 torturados en Chile), cuyo único pecado fue oponerse, más o menos abiertamente, a la línea o, a veces, al capricho del Líder máximo omnipotente.

Cientos de miles de exiliados (un número parecido al de los exiliados chilenos), obligados a irse a vivir a Miami o a otras partes, so pretexto de que eran judíos, o cristianos, o homosexuales, o simplemente demócratas y creyentes en las virtudes de la prensa libre. Sin hablar de las decenas de miles de balseros que se ahogaron intentando escapar, en lanchas de fortuna, de este infierno en la tierra, en que se convirtió, desde muy pronto, la isla de Cuba.

Sé que las cifras -extraídas especialmente del Libro negro del comunismo, dirigido por el profesor del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CRNS) Stephane Courtois- no lo dicen todo. Y entiendo que haya que evitar, por la claridad del análisis, lo que algunos llaman la tentación de la «amalgama».

Y sin embargo, los hechos son los que son y ahí están. Así como la evidencia del crimen. Y la incoherencia de esas almas pías, de las que estoy dispuesto a apostar que se agolparán, llegado el momento, en las exequias del monstruo sagrado, con la misma energía con la que, hoy, deploran el fracaso de la Justicia en lo que al Caudillo chileno se refiere. ¡Vamos ya, camaradas y amigos! ¡Un poco de coherencia! ¡Un pequeño esfuerzo, por favor, si quieren ser realmente demócratas y republicanos! Os queda, nos queda todavía un poco de tiempo para, como homenaje a todos los ajusticiados de todas las dictaduras de Latinoamérica, desear que Fidel Castro comparezca ante un tribunal por sus crímenes.

Os queda, nos queda un tiempo ya muy corto para reafirmar que ser de izquierdas, hoy en día, a comienzos de este siglo XXI, es tratar de la misma manera a Pinochet-el-facha que a Castro-el-rojo. Y acabar, de una vez por todas, con el sucio teorema contra el que ya advertía Albert Camus: buenos y malos muertos, víctimas sospechosas y verdugos privilegiados.
Esto es un test. Un auténtico test. Por mucho que los dos dictadores, el de La Habana y el de Santiago de Chile, sean dinosaurios y supervivientes de la edad antigua, nos ofrecen, sí, en la manera en la que reaccionamos y reaccionaremos a la desaparición de uno y del otro, la oportunidad para que cada cual verifique la situación de sus reflejos, de sus nervios, de su sensibilidad y de su cultura política.

Nos esperan otras citas. Con otros tipos de barbarie más modernas, más inesperadas, ante las que nos cantarán la misma cantinela presuntamente progresista y antiimperialista. Será una oportunidad de oro para ver si hemos aprendido, o no, las lecciones de la ecuación Castro-Pinochet.